¿Sigue siendo el suelo el malo de la película?

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Durante la época del boom el suelo era el gran “ogro”, la diana de todos los disparos, el motivo de que los precios de las viviendas hubiesen alcanzado cifras desorbitadas. Los promotores se dedicaban a atesorar metros cuadrados como si se fuera a terminar el espacio donde construir, de tal manera que consiguieron “calentar” el mercado como nunca antes había ocurrido. Hasta el punto de que su explicación más recurrente para justificar el alto precio de las viviendas señalaba como culpable al suelo: “nosotros nos vemos obligados a repercutir al comprador el precio del terreno, que es lo que verdaderamente eleva el precio final de una vivienda”, repetían una y otra vez los promotores a modo de mantra explicativo. Así que, en el origen, fue el suelo. O, al menos, así se nos presentó el asunto.

Está por ver si el abaratamiento del suelo se traduce en viviendas nuevas a menor precio.

Está por ver si el abaratamiento del suelo se traduce en viviendas nuevas a menor precio.

¿Pero qué fue del suelo? Pinchada la burbuja inmobiliaria, el suelo ha dejado de tener valor. Hoy la banca se ha convertido en la mayor propietaria de un suelo que se ha depreciado, lo que explica que para evitar un descalabro mayor, el Gobierno, que antes contemplaba sólo dos categorías, que son las que recoge la Ley del Suelo: rústico y urbanizado, haya cambiado ahora de idea. El Ministerio de Economía, según recoge El Confidencial, establecía para la primera categoría una valoración prácticamente de cero y para el segundo, un descuento en torno al 80% de su valor en libros. En estos momentos, sin embargo, con la categorización más amplia en función del grado de urbanización de los solares, los que estén más desarrollados no tendrán que aplicar un descuento tan amplio sino algo inferior, lo que relajará la presión sobre las cuentas de resultados de las entidades.

La perspectiva desde el lado de las promotoras que todavía tienen suelo no es mejor: buscan desprenderse, sin éxito, de ese producto tan preciado hace unos años, lo malvenden o no encuentran comprador. Y es que todavía gran parte de ese terreno aguarda la bendición de las Administraciones de turno para ser catalogado como suelo en el que poder construir. Porque en la época de bonanza la adquisición de terrenos era independiente de su calificación: todo se vendía y se compraba, no importaba que fuera suelo rústico o estuviese a menos de 100 metros de la costa. Todos confiaban en que el “master plan” y la demanda existente sedujeran a una Administración que veía en el sector inmobiliario al salvador de las maltrechas arcas municipales. Actualmente, sin embargo, tal y como exponía hace unos días PwC en su informe Tendencias del Mercado Inmobiliario 2012, “el suelo todavía tiene una salida muy difícil”.

De hecho, el precio del suelo en 2011 disminuyó un 19,8% con respecto anterior y sigue en caída libre. Resulta paradigmático que ya nadie hable del suelo; ha desaparecido del guión y de los diálogos de los promotores. Pese a que, como recogía la semana pasada el periódico El Mundo, el precio del suelo urbano todavía no ha tocado fondo. La pregunta que cabe hacerse, a la luz de este panorama, es si, dado que el suelo no es en estos momentos un bien escaso, sino más bien todo lo contrario: un bien depreciado, ¿trasladarán los promotores, como hicieron antes, el coste del suelo al precio final de la vivienda? O, dicho de otro modo, ¿nos costarán menos las viviendas nuevas a partir de ahora? Es algo que está por ver…

Pongámonos de acuerdo

Cada día nos desayunamos con varias noticias del sector inmobiliario y, haciendo uso del manido dicho “good news, no news”, éstas no acostumbran a ser muy halagüeñas. Y, aunque salvo en casos excepcionales, –es decir, cuando se trata de medidas gubernamentales o prácticas bancarias que afectan a los usuarios opotenciales compradores de viviendas–, las informaciones, análisis o pronósticos no suelen tener demasiado recorrido, la semana pasada las redes sociales ardían con dos declaraciones procedentes de sendas asociaciones inmobiliarias. Los numerosos comentarios al hilo de estas dos opiniones amplificaban su importancia y diseminaban su propagación con retuits jocosos, hirientes, divertidos o insultantes.

Una llegaba de boca del presidente de Asprima, la Asociación de Promotores de Madrid, que sorprendía a propios y extraños diciendo que España necesita tres millones de viviendas más, como recogió el diario El Mundo. ¿Pero no tenemos un stock que supera las 800.000 unidades? se preguntaban en los foros, al tiempo que sacaban punta a esas manifestaciones de José Manuel Galindo. Además, mientras el presidente de la patronal madrileña afirmaba sin titubeos que “España es el segundo país de la Unión Europea en el que más gente hay por vivienda, de ahí el déficit de unidades”, el economista Josep Oliver insistía tres días antes en que “España es el país del mundo con más propietarios de pisos”. ¿En qué quedamos, entonces?

Evidentemente, Asprima defendía los intereses de sus asociados y buscaba cauces para reactivar el mercado inmobiliario y la construcción de nuevas viviendas en España, que en estos momentos está bajo mínimos. Indudablemente, es algo muy legítimo, pero cabe preguntarse si resulta responsable utilizar como vehículo unas declaraciones llevadas al extremo.

Y cuando todavía no se habían apagado los rescoldos de las encendidas declaraciones de Asprima, el G-14, lobby de las principales inmobiliarias, reconocía a Europa Press el preocupante stock de viviendas existente en el mercado español y proponía, para absorber ese excedente, ampliar a la compraventa de viviendas de segunda residencia las medidas aprobadas para la primera vivienda; a saber, IVA ‘superreducido’ del 4% y desgravación en el IRPF.

Este puzzle de piezas que no encajan trasluce claramente que cada uno barre para su casa y maneja los datos a su antojo, creando un panorama realmente desconcertante no sólo para los profesionales que trabajan en el sector inmobiliario sino también para el comprador final de vivienda, que no sabe si comprar ahora, esperar tres meses o dejar la adquisición para el año que viene.

© Daniel Steger

© Daniel Steger

¿Tan difícil es ponerse de acuerdo en un asunto en el que parte del problema es cuantitativo? Los distintos agentes deberían reunirse, evaluar conjuntamente la situación con criterios homogéneos y tomar medidas que den respuesta a dos preguntas de índole diversa. Primero, en lo que a los trabajadores y empresas que viven de este negocio se refiere: ¿Cuál es la verdadera situación y qué se puede hacer para impulsar el sector? Y en lo que atañe al ciudadano de a pie, a la persona que quiere comprarse una vivienda: ¿Podrá adquirir una vivienda en las mejores condiciones y con todas las garantías?

Dejémonos de marear la perdiz, pongámonos todos de acuerdo y ahora que se habla tanto de pactos, pactemos una fórmula única para salir todos lo menos maltrechos posible de esta crisis.